
Sierra Leona 1999
Sheik Sankoh, es un niño menudo, nervioso, de ojos negros como un cielo sin estrellas. A veces dejan de ser opacos y brillan, pocas veces. Le llaman "Crazy". Desde que fue capturado por los rebeldes del RUF duerme con los ojos abiertos. Tiene once años.
Le obligaron a matar a su padre. Noche tras noche, ese niño enloquecido por el odio y la rabia, se ve con un machete en la mano, a sus pies el rostro entristecido de su padre y el cuerpo mutilado.
No llora. Cuando escucha los gritos y sollozos de las niñas violadas, no llora. Les hacen presenciar la violación. Allí, en medio de un círculo, en plena selva, ha visto como la última niña de apenas diez años, Isha Kondeh, era forzada a diario, penetrada salvajemente por todo aquel que quisiera.
Durante el día les hacen cargar con los frutos del saqueo. Caminan por la selva durante días, sin apenas comer, durmiendo en el suelo. Los mosquitos se le pegan al cuerpo como una segunda piel. Al principio estaba lleno de picaduras que se convertían en pústulas. Ahora los insectos no quieren ni su sangre. Se posan en él como en un cadáver.
Sheik ha cogido entre sus manos toda la angustia y la incomprensión, y ha hecho con ellas una bola de hilos de cobre. El niño se ha vuelto loco para sobrevivir a la locura. Ningún cuerdo podría hacerlo. Sin embargo, está rozando el límite, y por eso Lea está aquí.
Pero Lea no está sola.
Es de noche, ha puesto sus manos sobre la cabeza de Sheik y este ha dormido por primera vez en muchos meses. Ni tan siquiera tendrá pesadillas. Mientras se inclina sobre él, y susurra un mantra, ve la sombra de unos pies delante de ella.
Kyrian. No, aquí no.
Kyrian existe en el lado opuesto de Lea, forma parte de
La última vez obligó a un hombre a matar a su hija a navajazos y enterrarla todavía viva en el patio de su casa. Lea también estaba allí. Primero intentó llegar hasta el hombre, pero sus pensamientos formaban una tupida telaraña, nada podía hacer. Compartir sus pensamientos era asfixiante, la echó de su mente a patadas.
Sólo le quedaba la niña, la frágil pequeña, atrapada en la telaraña de su padre. Lea se la llevo consigo, no se enteró de nada de lo que su padre le hizo. Cegó sus ojos y tapó sus oídos, mientras el padre barboteaba obscenas palabras, salpicando con saliva el rostro de la pequeña. Lea le mostró el arco iris sobre un amanecer lejos de allí. Cogidas de la mano llegaron al Puerto, donde su padre no pudo alcanzarla.
Y durante todo ese tiempo Kyrian estaba allí. Sentado en la cocina, con las piernas cruzadas indolentemente, el pelo rubio cayéndole por los hombros y con un vaso de agua en la mano que removía con uno de sus dedos angelicales. Y no se reía.
Lea creía que El Mal tendría que reír con carcajadas sonoras y ridículas como en los cuentos, pero no era así. El rostro de Kyrian sólo mostraba cansancio y aburrimiento. Salvo cuando la miraba a ella. Le recuerda ladeando la cabeza y con una sonrisa cautivadora. Fascinado ante sus esfuerzos por salvar al hombre primero, y después a su hija.
Y ahora esta aquí de nuevo. Esta vez no puede fallar.
--¡Lea, querida, nos volvemos a encontrar! Soy afortunado.
--No voy a perder el tiempo contigo, Kyrian.
--¡Ohhh, qué melodramática eres! Creo que eso también me gusta. El niño es mío. Le llaman Crazy por algo. Llevo tiempo pegado a su espalda.
--No.
--Siiiiiií.
Kyrian levanta una de sus manos y golpea en la cara a Lea. Sus cinco dedos se han convertido en látigos que le cruzan la cara, que la horadan y la hacen sangrar. Después une sus dedos índice y corazón, los levanta y se los lleva a los labios suavemente para de forma brusca, lanzarlos hacia Lea. Se supone que Lea tendría que haber salido disparada, pero no es así.
--¿Fallaste, Kyrian? ¡Ohhhhh, cuánto lo lamento!
Lea sonríe. Se yergue poco a poco, elevándose varios palmos del suelo. Tiene las manos entrelazadas sobre el regazo, lentamente les da la vuelta y las pone a la altura de su rostro, debajo de sus ojos.
--¿Cuándo has aprendido a hacer el ridículo tan bien, pequeña inútil?
Silencio. Todos los animales han callado, todos los hombres han caído en un profundo sueño, ni una brizna de viento.
Lea se acerca a Kyrian, que todavía no comprende lo que pretende. Sus rostros quedan frente a frente, sólo separados por las manos de Lea. Entreabre los dedos y sopla suavemente. Su aliento dulce roza los labios de Kyrian, resbala por sus dientes, y se posa en su lengua. Kyrian retrocede asqueado y escupe en el suelo varias veces, se ahoga. Lea retrocede y baja al suelo de nuevo.
--¿Qué estupidez has hecho?
Lea sigue sonriendo. Sheik Sankoh despierta y ve como está amaneciendo. Le parece que la noche ha sido muy corta. Se restriega los ojos con su mano pequeña y callosa. Descubre que allá donde antes tenía un agujero sin fondo, ahora hay una mano cubriéndolo y permitiéndole andar por encima de él sin caer. Y sonríe.
Kyrian está ahora de rodillas vomitando, se agarra con una mano la garganta y con la otra el estómago.
--No morirás, Kyrian, lo sabes. Eres esperpéntico.
--¡Me has dado tú aliento!
--Eso parece.
--¿Para qué, maldita chiflada?
--Vas a empezar a sentirte muy confuso a partir de ahora. Tu vida tendrá una porción de luz que vas a tener que esquivar a diario, tapar continuamente, cerrar tus oídos a su canto. Y enloquecerás. ¿Sabes por qué? Porque no serás capaz de distinguir El Bien del Mal.
--Siempre sabré cómo hacer El Mal.
--Pero descubrirás como hacer El Bien, y eso te confundirá. El Mal perderá fuerza poco a poco, un pequeño agujero en una pelota de aire. No será hoy, ni mañana, ni dentro de cien años.
--No lo verás.
--Eso espero. No quiero vivir eternamente.
















