sábado, agosto 18

Sobrevivir a la locura


Sierra Leona 1999

Sheik Sankoh, es un niño menudo, nervioso, de ojos negros como un cielo sin estrellas. A veces dejan de ser opacos y brillan, pocas veces. Le llaman "Crazy". Desde que fue capturado por los rebeldes del RUF duerme con los ojos abiertos. Tiene once años.

Le obligaron a matar a su padre. Noche tras noche, ese niño enloquecido por el odio y la rabia, se ve con un machete en la mano, a sus pies el rostro entristecido de su padre y el cuerpo mutilado.

No llora. Cuando escucha los gritos y sollozos de las niñas violadas, no llora. Les hacen presenciar la violación. Allí, en medio de un círculo, en plena selva, ha visto como la última niña de apenas diez años, Isha Kondeh, era forzada a diario, penetrada salvajemente por todo aquel que quisiera.

Durante el día les hacen cargar con los frutos del saqueo. Caminan por la selva durante días, sin apenas comer, durmiendo en el suelo. Los mosquitos se le pegan al cuerpo como una segunda piel. Al principio estaba lleno de picaduras que se convertían en pústulas. Ahora los insectos no quieren ni su sangre. Se posan en él como en un cadáver.

Sheik ha cogido entre sus manos toda la angustia y la incomprensión, y ha hecho con ellas una bola de hilos de cobre. El niño se ha vuelto loco para sobrevivir a la locura. Ningún cuerdo podría hacerlo. Sin embargo, está rozando el límite, y por eso Lea está aquí.

Pero Lea no está sola.

Es de noche, ha puesto sus manos sobre la cabeza de Sheik y este ha dormido por primera vez en muchos meses. Ni tan siquiera tendrá pesadillas. Mientras se inclina sobre él, y susurra un mantra, ve la sombra de unos pies delante de ella.

Kyrian. No, aquí no.

Kyrian existe en el lado opuesto de Lea, forma parte de La Oscuridad. La primera vez que le vio, le impresionó su belleza fría, su expresión sin arrugas, sus ojos imperturbables, sus manos blancas, de dedos largos, elegantes. Parecía un ángel.

La última vez obligó a un hombre a matar a su hija a navajazos y enterrarla todavía viva en el patio de su casa. Lea también estaba allí. Primero intentó llegar hasta el hombre, pero sus pensamientos formaban una tupida telaraña, nada podía hacer. Compartir sus pensamientos era asfixiante, la echó de su mente a patadas.

Sólo le quedaba la niña, la frágil pequeña, atrapada en la telaraña de su padre. Lea se la llevo consigo, no se enteró de nada de lo que su padre le hizo. Cegó sus ojos y tapó sus oídos, mientras el padre barboteaba obscenas palabras, salpicando con saliva el rostro de la pequeña. Lea le mostró el arco iris sobre un amanecer lejos de allí. Cogidas de la mano llegaron al Puerto, donde su padre no pudo alcanzarla.

Y durante todo ese tiempo Kyrian estaba allí. Sentado en la cocina, con las piernas cruzadas indolentemente, el pelo rubio cayéndole por los hombros y con un vaso de agua en la mano que removía con uno de sus dedos angelicales. Y no se reía.

Lea creía que El Mal tendría que reír con carcajadas sonoras y ridículas como en los cuentos, pero no era así. El rostro de Kyrian sólo mostraba cansancio y aburrimiento. Salvo cuando la miraba a ella. Le recuerda ladeando la cabeza y con una sonrisa cautivadora. Fascinado ante sus esfuerzos por salvar al hombre primero, y después a su hija.

Y ahora esta aquí de nuevo. Esta vez no puede fallar.

--¡Lea, querida, nos volvemos a encontrar! Soy afortunado.

--No voy a perder el tiempo contigo, Kyrian.

--¡Ohhh, qué melodramática eres! Creo que eso también me gusta. El niño es mío. Le llaman Crazy por algo. Llevo tiempo pegado a su espalda.

--No.

--Siiiiiií.

Kyrian levanta una de sus manos y golpea en la cara a Lea. Sus cinco dedos se han convertido en látigos que le cruzan la cara, que la horadan y la hacen sangrar. Después une sus dedos índice y corazón, los levanta y se los lleva a los labios suavemente para de forma brusca, lanzarlos hacia Lea. Se supone que Lea tendría que haber salido disparada, pero no es así.

--¿Fallaste, Kyrian? ¡Ohhhhh, cuánto lo lamento!

Lea sonríe. Se yergue poco a poco, elevándose varios palmos del suelo. Tiene las manos entrelazadas sobre el regazo, lentamente les da la vuelta y las pone a la altura de su rostro, debajo de sus ojos.

--¿Cuándo has aprendido a hacer el ridículo tan bien, pequeña inútil?

Silencio. Todos los animales han callado, todos los hombres han caído en un profundo sueño, ni una brizna de viento. La Tierra no sabe que ha dejado de girar y está suspendida y estática en el Universo.

Lea se acerca a Kyrian, que todavía no comprende lo que pretende. Sus rostros quedan frente a frente, sólo separados por las manos de Lea. Entreabre los dedos y sopla suavemente. Su aliento dulce roza los labios de Kyrian, resbala por sus dientes, y se posa en su lengua. Kyrian retrocede asqueado y escupe en el suelo varias veces, se ahoga. Lea retrocede y baja al suelo de nuevo. La Tierra ha vuelto girar.

--¿Qué estupidez has hecho?

Lea sigue sonriendo. Sheik Sankoh despierta y ve como está amaneciendo. Le parece que la noche ha sido muy corta. Se restriega los ojos con su mano pequeña y callosa. Descubre que allá donde antes tenía un agujero sin fondo, ahora hay una mano cubriéndolo y permitiéndole andar por encima de él sin caer. Y sonríe.

Kyrian está ahora de rodillas vomitando, se agarra con una mano la garganta y con la otra el estómago.

--No morirás, Kyrian, lo sabes. Eres esperpéntico.

--¡Me has dado tú aliento!

--Eso parece.

--¿Para qué, maldita chiflada?

--Vas a empezar a sentirte muy confuso a partir de ahora. Tu vida tendrá una porción de luz que vas a tener que esquivar a diario, tapar continuamente, cerrar tus oídos a su canto. Y enloquecerás. ¿Sabes por qué? Porque no serás capaz de distinguir El Bien del Mal.

--Siempre sabré cómo hacer El Mal.

--Pero descubrirás como hacer El Bien, y eso te confundirá. El Mal perderá fuerza poco a poco, un pequeño agujero en una pelota de aire. No será hoy, ni mañana, ni dentro de cien años.

--No lo verás.

--Eso espero. No quiero vivir eternamente.


viernes, agosto 17

Un principio...


6 de noviembre de 1936 Madrid

Margarita Nelken se desploma sobre el sillón con un libro en la mano. Toda su fuerza, vehemencia y combatividad parecen querer abandonarla cuando más lo necesita. El Gobierno Republicano ha huido hacia Valencia, escapando del avance de las tropas fascistas. Eso ha desconcertado y llenado de indignación al pueblo madrileño.

Día tras día escuchando las consignas de resistencia a ultranza, y ahora los peces gordos --como siempre-- ponen su trasero a salvo y les abandonan a su suerte.

El derrumbamiento moral es inminente. Ha hablado con el general Miaja, y están de acuerdo en hacer un llamamiento por radio para ahuyentar el miedo y desesperanza que se apoderan de la calle.

Tiene un poco de tiempo antes de llegar a la radio y necesita estar sola: recapitular, recoger los trocitos de esa intensa vida que ha decidido vivir, y ordenarlos. Las paredes de la casa la ahogan. Impulsivamente coge su abrigo y sale a la calle. Necesita un paseo.

Llega hasta un pequeño parque, desierto a causa del frío, y se sienta con las piernas muy juntas y la cabeza mirando al suelo.

Margarita Nelken, es una mujer menuda, rubia de ojos azules, vivaz y carismática. Y, sin embargo, ahora se siente pesada, arrollada por tanto desatino, por tanto esfuerzo en balde jornada tras jornada. Podría marcharse como han hecho los otros, abandonar. ¿Qué hacer?

Una mujer se sienta a su lado. Le dirige un escueto “buenos días” y abre un periódico. Margarita contempla el parque desierto, y no entiende porque esa mujer tiene que venir a sentarse justo a su lado. Mientras la está mirando, siente como el corazón se le encoge en un puño. Esa mujer le recuerda a Julio Antonio, su gran amor, aquel que nunca ha podido olvidar, muerto con apenas treinta años. Ve ante sus ojos la última obra que realizó: El Mausoleo Lemonier. Piensa que hace mucho tiempo que no se ha acercado a su tumba en La Almudena. Su recuerdo la debilita aún más.

--¿Cansada?

La interrupción la sobresalta, se siente desconcertada ante la extraña, no sabe muy bien cómo responder.

--Tenemos una amiga común: Gerda Taro.

--¿La conoce, usted?

--Sí, y a Capa. Hace unos días estuve con ella… también… Malos momentos para este país, más que nunca se necesitan luchadores que se nieguen a rendirse.

Margarita calla, mira la punta de sus zapatos y suspira.

--Dentro de una hora tendré que hablar por la radio, y no encuentro palabras que den aliento y coraje a este pueblo.

--Entiendo… ¿Recuerda cuando habló en Oviedo, durante La Dictadura, sobre los validos y monarcas?

--Sí. El resultado fue el cierre del Ateneo por orden gubernativa. ¡Fascistas!

--Y creo recordar que más tarde, en Bilbao, en una conferencia sobre Goya, usted trajo a colación la degeneración de los Borbones y el favoritismo del que gozó Godoy.

--Sabe usted mucho sobre mí. Sí, ese día La Guardia Civil tuvo orden de detenerme en el caso de que “difamara”.

--Usted nunca se rinde. ¿Por qué tengo la sensación de que ahora está a punto de hacerlo?

--¿Y usted cree que cambiaría algo el curso de esta guerra, si lo hiciera?

--Lo que sé es que las decisiones que tomamos no deben estar condicionadas por los resultados. De ser así, este mundo sería un lugar de tinieblas aún mayor. Es difícil ser mujer en estos tiempos. En realidad, siempre lo será.

--No me gusta que me pisoteen.

--Pues para eso sólo hay que mantener erguida la espalda.

--Es fácil hablar. ¿Qué ha hecho usted, por ejemplo?

Lea sube la mirada hasta el cielo y calla.

--No lo sé. A veces me parece que he salvado el mundo, y otras que solo he alargado su sufrimiento antes de la destrucción.

--¡Qué modesta! Ahora es usted la que parece desanimada.

--Bueno, imagino que para estar desanimada antes se ha debido estar animada, y ese no es mi caso, seguro. Mi lucha no espera victorias.

--¿Y para qué lucha entonces?

--No lucho “para” algo, sino “por” algo.

--Sí, pero los principios tienden a quedar enlodados en manos de las personas.

--Pero los principios no tienen la culpa de nuestra humanidad. No está en ellos la falla, está en nosotros. ¿Tiene frío? Coja mi pañuelo, sí, tómelo. Yo no siento el frío. ¿Recuerda el caso de la profesora de La Normal, en Lérida?

--¡Cómo olvidarlo!

--Eso es, no olvide. Usted publicó La condición social de la mujer en España. Lo leí, más de una vez. Recuerdo como ponía de manifiesto la explotación a que era sometida la mujer, la desigualdad laboral, la prostitución, la situación de las madres solteras y la necesidad de instituir el divorcio. Era muy valiente por su parte.

--¿No está usted de acuerdo?

--¡Oh sí, dios mío, claro que si!

--¿Dios mío?

--Disculpe, sé que usted no es creyente. Yo… me viene de siglos atrás, la costumbre podríamos decir… Esa profesora anónima y valiente que la dio a conocer a sus alumnas se vio perseguida por eso.

--El obispo de la diócesis se apresuró a condenar la obra. ¡Malnacidos!

--Sí, suspendieron a la profesora de empleo y sueldo cuando la noticia llegó a oídos del Ministro de Instrucción Pública. ¿Qué cree que pensaría ella, si ahora usted abandonara la resistencia?

Silencio. Se ha levantado un viento hostil y Margarita piensa en marcharse. La misteriosa mujer hace un gesto con la mano, suave, como marcando un compás de una música que sólo ella es capaz de oír, y el viento cesa. Incluso una nube se retira para dejar asomar por una esquinita el sol.

--Aún tenemos algo de tiempo. ¿Qué me dice de La Casa de los Niños de España?

--Sí. 1919… ¡cómo pasa el tiempo! Pero fue otro fracaso.

--¿Fracaso? ¡Llegó albergar a ochenta niños, legítimos o ilegítimos de las mujeres trabajadoras! Educados libres, sin credos impuestos, donde se ignoraba el carácter de la relación de los padres. ¡Eso es tan grande! ¿Por qué se empeña en echar por tierra su trabajo?

--Sí, pero al final me obligaban a sustituir al personal laico por religioso. No pude aceptarlo. Cerré La Casa. Todo se malogra antes o después.

--Eso no es una derrota, Margarita. El fracaso habría sido no intentarlo. Tenemos que vivir de traumas, de heridas, no de los vacíos que dejan las frustraciones por aquello que pudimos hacer y no hicimos. Es hora de irme.

Margarita tiende el pañuelo para devolvérselo. La mujer niega con la mano.

--Llévelo durante los días que se avecinan, la protegerá.

Las dos mujeres se levantan a la vez y se estrechan la mano con calidez. Lea desearía abrazarla, pero sabe que la mujer no comprendería.

--Buena suerte.

Margarita, sin mirar atrás, apresura el paso. La esperan en la radio. Cuando llega, sabe lo que tiene que decir, ya no hay dudas, está embargada de una pasión que conseguirá transmitir en sus palabras:

“…madrileños agrúpense en torno al defensor de Madrid, les aseguro que los que deben merecerles confianza, aquí están y aquí estarán, pase lo que pase…”

Lea cierra los ojos y ve a Margarita Nelken visitando durante los próximos días los frentes de batalla. La ve recorriendo el casco urbano de Madrid incansable. Arengando a militares y civiles. El corazón de esa mujer hará bombear a cientos con ella. Lea sabe que no abandonará la lucha.

jueves, agosto 16

Una razón

Sentada, con las piernas cruzadas, al borde de un abismo de palabras. Pasan ante mí veloces, millar de miradas, de gestos, voces cargadas de risas o sollozos, confundidos, chocando entre sí como átomos.

Los contemplo con los ojos cerrados.

5 de Abril de 1312 a bordo del “L’Ancora” rumbo a Escocia

Pierre D´Aumont no se ha mareado en ningún momento. Sin embargo, sus otros seis compañeros apenas han salido de sus camarotes desde que comenzó el viaje. Los hermanos Zeno, expertos navegantes venecianos, están al mando del barco.

Apenas hace dos días que el Papa Clemente V ha disuelto la Orden del Temple mediante la bula Vox in excelso. Los teólogos del Concilio han sido franciscanos y dominicos. En Francia, Felipe IV, el Hermoso, se ha quedado con los bienes mobiliarios de la orden. Los inmobiliarios han pasado a manos de la Orden de San Juan de Jerusalén, Los Caballeros Hospitalarios, Orden de Montesa en España y la de Cristo en Portugal.

Sabe que es afortunado por no haber sido apresado, por haber sido elegido como custodio. Pero no se siente así. En realidad, lo único que desearía es hallarse muy lejos de todos esos procesos, de esas acusaciones de herejía, sodomía, y adoración a ídolos paganos. Se siente pequeño ante la magnitud de los acontecimientos.

Está atardeciendo, el sol se recuesta una vez más en la línea del horizonte, y una vez más lo contempla fascinado. La silueta de una mujer se recorta en la proa. Desde que comenzó el viaje la ha visto varias veces paseando por cubierta pero nunca le ha dirigido la palabra. Sin embargo, ha visto sus ojos posados en él e intuye que ella sabe por lo que está pasando.

Hoy decide acercarse. Hace crujir la madera intencionadamente para avisarle de su presencia. Pero ella no da muestras de sorpresa. Finalmente, se coloca a su lado, guardando prudencialmente las distancias.

--Espero no molestarla con mi presencia…

--Al contrario, monsieur D’Aumont. Os esperaba.

Su voz es cálida y suave, y cuando le muestra su rostro puede ver una sonrisa franca y abierta.

--¿Por qué me esperabais, mademoiselle?

--Para aliviaros de vuestra carga. En estos momentos desearíais huir, abandonar, pero todavía os queda un largo camino para poder echaros a un lado. Dentro de unos meses, en noviembre, el Papa decretará la pena de cadena perpetua para vuestros dirigentes.

Pierre D’Aumont no mueve un solo músculo de la cara, pero su expresión ha cambiado.

--No sé a que os referís con eso de vuestros dirigentes, mademoiselle. Temo que os halléis en un error.

La mujer no se molesta en contradecirlo, una leve inclinación de cabeza y un suspiro son su respuesta.

--Dentro de dos años, el 18 de marzo, Jacques de Molay, Godofredo de Charney, Hugo de Peraud, y Godofredo de Goneville, serán quemados en frente de Notre Dame. La enorme pira en la que arderán se erigirá en un islote del Sena, llamado la Isla de los Judíos.

--¡Estáis loca!

--No, desgraciadamente para vos, no lo estoy. Tenéis que aprovechar este tiempo para rescatar el legado del que fuisteis poseedores y ponerlo a buen recaudo en Escocia. Y cuando digo a buen recaudo, me refiero también a aquellos que se dicen amigos del Temple. Habéis hecho cosas buenas pero también muchas malas. Como siempre la codicia ha podido más que el saber.

--No pienso seguir escuchándoos.

--¿Por qué? ¿Me equivoco al decir que vuestro corazón es el que os ha guiado hasta mí? Seguid, pues, escuchándole. ¿Qué tenéis que perder? Seréis nombrado Maestre de los templarios de Escocia y os reorganizaréis en Aberdeen. Pero antes tenéis que ayudar al rey Robert Bruce, contra los ingleses.

Pierre D’Aumont la miraba anonadado, sin dar crédito a todo lo que escucha.

--¿Por qué contáis semejantes patrañas?

--Muy sencillo, para que cuando ocurran creáis en mí, y al hacerlo creáis en vos. Vais a perder la fe al fin de cada jornada y al alba tendréis que encontrarla de nuevo para seguir luchando. Yo y mis patrañas se convertirán en la razón que os obligará a resistir.

--No os creo.

--Lo sé, y seguiréis sin hacerlo, hasta que uno de estos hechos que os cuento, ocurra. No es mi intención que confiéis en mí, ahora. Estaré en vuestro futuro, en forma de pasado.

Silencio. Pierre D’Aumont se siente descorazonado, no sabe que pretendía al acercarse a la mujer, pero desde luego no era esto.

--Una cosa más, el 4 de junio de 1314 en la batalla de Bannockburn…

--¡Me habláis de sucesos que acaecerán dentro de dos años!

--¡Hombres! El tiempo os obsesiona, lo contáis hasta su más mínima fracción y por eso os vence. ¡Escuchadme! Tendréis que apoyar con vuestras fuerzas al Rey Bruce. Como muestra de agradecimiento se os dará refugio en las islas de la costa occidental de Escocia durante cerca de ochenta años.

Pierre D’Aumont se lleva las manos a la cara, cubriéndola. No sabe porqué pero cree a la mujer. ¡Absurdo! De pronto, cientos de preguntas asaltan su cabeza. Retira sus manos del rostro y abre los ojos, pero en cubierta no hay nadie. Está solo.

El mayor de los hermanos Zeno, se acerca para preguntarle si se encuentra bien. D’Aumont fija su mirada en el cielo. El sol ha desaparecido, las estrellas parpadean silenciosas. ¿Ha estado soñando?

Durante siete meses se olvida de ella, pero en noviembre, la condena de cadena perpetúa sobre los dirigentes del Temple, le obligará a recordar. Cada amanecer lo encontrará despierto, intentando recordar sus palabras.

Loreena McKennitt - The Lady of Shalott


miércoles, agosto 15

Pasado amanyana


1474, sube al trono de Castilla Isabel, casada con Fernando de Aragón desde 1469.

Finales de 1480…Sevilla…Metrópolis de la Inquisición.

Camino por el callejón del Agua, recorro Susona y Jamerdana, calles estrechas, donde puedes asomarte, extender la mano y tocar a tu vecino. El ancho es de una lanza, así se evita el calor sofocante, se impide al sol penetrar.

El aroma de los jazmines y del río Guadalquivir me llena los pulmones, suben hasta mi boca y la endulzan.

Muy atrás queda Fernando III, el Rey de las Tres Religiones, ahora la sombra de la Iglesia y de Tomás de Torquemada se vuelve sinuosa y colérica sobre el barrio de Santa Cruz.

El Papa exige que una Curia romana forme parte de la Inquisición Nacional que Isabel y Fernando desean. Pero estos se niegan, quieren para sí los bienes de los condenados. El confesor de Isabel consigue convencer al Papa y este admite que el Rey tenga el derecho de nombrar a los miembros del tribunal y de confiscar todos los bienes de los condenados, pasando al Tesoro Real.

Comienza la matanza.

Nunca cuento las personas muertas en los autos de fe. La Iglesia dice aborrecer el derramamiento de sangre: Ecclesia abhorret a sanguine. Por eso los queman en la hoguera. El olor de la piel chamuscada impregna mis ropas. El humo se mete en los ojos y les hace llorar, pero nadie de los presentes llora. Al contrario, vitorean y jalean a los verdugos. Una sombra se cierne espesa sobre la ciudad. No hay marcha atrás.

Las denuncias anónimas se multiplican, son creídas sin comprobar su veracidad. Envidias, desencuentros del pasado entre vecinos, ansias de obtener beneficios, o simplemente odio. Un odio irracional, que necesita descargar contra el primer chivo expiatorio que le ofrezcan. Hay personas que no saben vivir sin odiar, y el Poder siempre las ha usado para sus fines. Hoy son los marranos, dentro de seis siglos serán los musulmanes, dentro de diez siglos quien sabe… En solo diez meses queman vivas a trescientas personas. En poco tiempo se convertirán en treinta mil.

La Iglesia, con Torquemada al mando, desentierra los muertos y los quema para juzgarles por herejía y poder apropiarse de sus bienes.

No puedo hacer mucho aquí. Tengo que darme prisa, tengo que ayudar a un hombre a comprender que la huida es a veces la única forma de enfrentarse a sus enemigos.

Moisés Navarro es un hombre sabio y agudo. Sastre de pocas palabras, de mirada taciturna, de alma ancha e impenetrable. Aún sin esposa, desmarcado de la congregación, solitario. Se ha negado a convertirse al cristianismo y como muchos de los suyos cree que la Inquisición le dejará en paz. El no es un hereje sino un infiel.

Entro en su taller y la piedra fría de sus paredes me alivia un rato del calor. Espero sentada, con el rostro cubierto por las sombras hasta que el último cliente se ha ido. Entonces me levanto y pronuncio su nombre. Es la llamada.

--¿Quién sois?

--Es hora de partir, Moisés Navarro.

--Creo que os conozco, pero no sé…Decidme vuestro nombre, os lo ruego. Mostradme vuestro rostro.

--Tenéis que escucharme. No hay marcha atrás, la Inquisición seguirá golpeando a tu pueblo. Bestia insaciable e insatisfecha de dolor y muerte, os expulsarán de España, tendréis que malvender --con suerte-- vuestras pertenencias y huir apresuradamente, vaciados de vuestra memoria.

--No creo…

--Calla y atiende. Muchos de los tuyos partirán a Portugal, pero correrán la misma suerte. Tienes que marchar hacia Constantinopla.

--La media luna…

--Sí, el reino de los sultanes turcos os ofrecerá auxilio, no habrá traición.

--Pero este es mi país.

--Tú hogar ha sido infectado por una hazinura mortal. Nada puede salvarle. Tienes que partir pasado amanyana o será tarde. Alguien te ha denunciado.

Moisés contiene el aliento no quiere preguntar pero lo hace.

--¿Quién?

--Hay cosas que es mejor no saber.

-¡Quién!

Vuelvo a sentarme cansada sobre el banco de piedra, los seres humanos nunca cambian. Este hombre me está pidiendo que ponga un dedo en su llaga. ¿Por qué?

--¿Si ya sabes la respuesta porque preguntas, Moisés?

-- Ritzpa…

--Han encarcelado al hermano de tu prometida. El inquisidor pidió carne fresca a cambio de una muerte sin tortura.

--¿Ni tan siquiera le va a salvar la vida?

--Ni tan siquiera.

--¿Y porqué yo?

--Una vejación moral. No sólo desean mataros sino reducir vuestro espíritu. ¿Cómo crees que vivirá ella a partir de ahora?

Silencio.

Ahora es él quién toma asiento. Su cabeza se desploma y un llanto amargo como la hiel moja sus barbas.

--Pensé que me amaba…

--Y estoy segura de que ella creyó que lo hacía. Deja de torturarte. Los lazos que crees en Constantinopla alcanzarán el futuro. Y a este le hace falta un entendimiento entre vuestros pueblos.

-- Pasado amanyana…

--Te sentirás orgulloso de tus hijos… Moisés Navarro.

Cuando el hombre levanta la cabeza ya no estoy a la vista. Cubro mi cabeza y apresuro el paso para salir de esta ciudad, a la que le harán falta muchos siglos para exculpar sus pecados.

martes, agosto 14

Espejos

Waheed Nasir

Los espejos… los evito. No todos por supuesto. Hay algunos en los que suelo quedarme durante un largo rato mirándome a los ojos. Intento averiguar quien soy por ese día, nada más.

--¿Qué haces ahí parada, Lea? ¡Coge tu whisky y ven a mi lado!

--Preguntaba al espejo en qué persona me estoy convirtiendo.

--¡Ah! Yo creía que se les preguntaba quién era la más hermosa del reino.

Lea sonríe.

--Lo tendría difícil hoy en día con tanta operación y silicona andante. ¿No le parece?

--A mi edad me dan igual las mujeres…

--Curioso, a mi edad me dan igual los hombres y las mujeres. No hago distinción de sexos.

--Ja, ja, ja… ¿Y eso?

--Bueno, cuando te haces mayor te das cuenta que la edad no ayuda a mejorar. Más bien es al contrario. Los defectos se acentúan hasta el ridículo, sobre todo porque las personas creen que forman parte de su idiosincrasia o personalidad, y no hacen nada por evitarlos.

--Nadie es perfecto, Lea…

--Sin duda, vivo conmigo misma todos los días, sé igual de bien que cualquiera lo que es la imperfección. Pero hablo de la autocomplacencia, hablo de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Quizá por eso termino evitando a las personas. Quizá por eso siempre les doy la razón, con tal de no escucharles más.

--Así siempre estarás sola, mujer.

--Naces sola, mueres sola. ¿Tan difícil es vivir sola? Es mejor que verse continuamente decepcionada. Paso los días esquivando silenciosamente a las personas, asumo con paciencia su presencia, evito los comentarios, su mezquindad la disculpo, contengo su energía desbordante puesta al servicio más banal: causar daño.

--El ser humano…

--Me agotan…repiten una y otra vez la misma escena, las mismas palabras declamadas en un anfiteatro de piedra gastada.

--¿Y como te defiendes de ellos?

--No lo hago.

--No te entiendo, Lea.

--Es extraño, coronel, lo sé. Pero cuanta más rabia, desprecio, burla, envidia, albergan los Otros, más me apaciguo. Mi respiración se vuelve más tranquila, mis ojos se relajan y mi corazón late más despacio.

--¿Porqué?

--Si me comportara de otra forma sería como ellos. Y no deseo parecerme a ellos. Además, es un planteamiento lógico, si desagrado a aquellos que me desagradan, estoy en el camino correcto. William Blake dijo algo así, pero mucho mejor que yo, por supuesto. Así que cuanto más me quieren herir, más muestro mi pecho.

--Te acribillarán…

--No. Me ayudarán.

--¿Cómo?

--El tiempo, coronel. Lanzan sus flechas envenenadas sí, pero yo ya no estoy en el sitio en el que ellos creen verme. La velocidad de la luz… ¿recuerda?

--Como lo de ver la luz de una estrella que hace años murió…

--Sí, eso es. La Oscuridad no conoce la Luz, así que da palos de ciego para golpearla y acabar con ella. Pero azota con su ignorancia el Vacío.

--¿Y cómo puede eso ayudarte? Me desconciertas.

--Cada dardo emponzoñado es como la huella de una bestia. Una vez que la reconoces sabes que comportamiento puedes esperar.

--¿Y cazarla?

Lea sonríe.

--No, coronel. Pero la próxima vez que corran tras de mí para devorarme, yo correré rápido hacia el abismo, y en el último momento, me pararé y despareceré. Su propia inercia les arrastrará, caerán con toda su humanidad.

--Uhm, parece limpio…

--¿Cree en la compensación, coronel?

--¿Algo así como el karma ese?

--No exactamente. No sé si hay algún tipo de vida después de ésta, pero sé que antes o después cada ser humano encuentra una persona-espejo dónde al mirarse se encuentra a sí mismo. Y cada palabra, gesto o acto que ha tenido, se muestran en esa superficie y le compensan.

--Para bien…

--O para mal...


lunes, agosto 13

Asturias y Cantabria

Estas magníficas vistas de la Cueva de Covadonga y de la Basílica, están tomadas desde la terraza de la habitación del hotel.
¡Un lujo!

Eso sí, tuve que quejarme porque la primera habitación que me habían dado no era la que yo había reservado.

Todas las noches bebía mi whisky contemplando esta maravilla. La Basílica quedaba a la izquierda, la Cueva a la derecha y en el medio los Picos. Impresionante.


Estuvimos en Comillas y Santillana del Mar. Lástima que la Universidad Pontificia estuviera rehabilitandose...
Este ángel es del Cementerio de Comillas. Enfrentado al mar era escalofriante, pero...



Aquí tuve que empezar
a sufrir. Lo confieso, soy una clasista.


Creo que los pobres de espíritu y mente, deberían veranear en playas o montes, donde pudieran hartarse de beber y comer. Ellos felices y los que deseamos conocer y descubrir lugares también.
Pululantes de las peores especies en busca de souvenirs nada más y de una foto idónea. No les soporto. Un consejo NO vayan nunca a Santillana del Mar en verano. No les dejarán apreciar el pueblo.

Este es el Lago Enol. El acceso a los Lagos está restringido para particulares hasta las 10 de la mañana. El resto del día sólo pueden subir los autobuses de Alsa y otros viajes organizados.
Hay aparcamientos desde Cangas de Onis, donde la gente deja su coche y coge los autobuses para subir. Es una marea de hormigas continua todo el día.
Para evitar la masificación y no sentirnos como en Benidorm, tuvimos que madrugar para tomar esta foto. Como podéis ver, la carretera para acceder a los Lagos es muy estrecha. De noche, desde la habitación del hotel veía las pequeñas luces de los coches bajar hacia Covadonga...

En San Vicente de la Barquera...tomando un café...Decidimos que la mejor hora para visitar sitios era la del mediodía. Los pululantes descansan, comen y reponen fuerzas para seguir devastando. En fin...fuimos afortunados y encontramos esta terraza de hotel, al lado del rompeolas. Casi nadie...


Oviedo es una ciudad hermosa. Pequeña pero con un centro histórico que merece la pena. Estoy segura que en invierno u otoño la habría disfrutado mucho más. Soy alérgica a las personas. He decidido que mi próximo viaje sea en estas dos estaciones. Me niego a viajar en verano. No puedes mirar los edificios porque tienes que ir esquivando gente de continuo. Parecen zombies. Sólo entran y salen de las tiendas de regalos. La Catedral me gustó. Siempre he dicho que me quedo con el Gótico. Cada día que pasa y descubro una nueva joya me reafirmo.



Potes... y no pude evitarlo...alquimista en una exposición de brujería y Elbereth al lado. Por cierto, ¡¡¡hacía un calor!!!!! ¿Quién dijo que en Asturias o Cantabria hacia frío?



LLanes
... muy lindo. Tiene un paseo a lo largo del mar que por las noches, al atardecer, tiene que ser "paseable, paseable". Nosotros anduvimos al mediodía... Para sacar una foto sin gente pululando, había que esperar varios minutos. Mereció la pena.

No subimos al funicular del Naranco de Bulnes porque había que esperar dos horas y cuarto debido a la gente que había. Lo mismo nos ocurrió con el teleférico de Fuente De: ¡¡¡tres horas de espera para subir!!! Me negué. Al menos comimos en el Parador, porque después de los 23 kms por carreteras sinuosas...

Ha sido un viaje muy corto pero muy largo. Me he reído mucho, ¡¡¡he dormido de un tirón todas las noches!!!, y los whiskys en la terraza de la habitación cada anochecer eran mágicos.

No he escrito una sola línea. La entrada anterior era antigua, de antes del viaje, perdonadme la pequeña trampa de publicarla hoy.

Fotos hay muchas y película de vídeo, pero no quiero aburriros más.


Ultimas palabras


Conduce con la ventanilla bajada, su espalda está empapada de sudor, la camiseta se le pega al cuerpo, delante el asfalto se convierte en un espejismo.

Para en una gasolinera con un bar de carretera al lado. Empuja la puerta con el brazo, no quiere tocar el tirador con sus manos. El local tiene aire acondicionado y da gracias por eso. Se sienta al final del pasillo, en un recodo al lado de la ventana. Desde allí puede controlar la puerta de entrada y el resto del sitio.

La camarera la mira de reojo desde detrás de la barra, y comprende que va a tener que levantarse para pedir su consumición. Deja pasar unos minutos y contempla la carretera abrasada por el sol. Apenas transitan coches por ella.

La radio y el televisor están encendidos a la vez. Se superponen el telediario y una cuña publicitaria sobre productos de adelgazamiento. Hay dos hombres sentados a la barra, la miran desde el otro extremo del bar. Cuando les enfrenta la mirada, estos la retiran. Una familia ha hecho una parada técnica y parece que han aprovechado para comer unas hamburguesas de aspecto intragable. La camarera termina impacientándose:

--¿Va a tomar algo, señora?

--Sí, gracias. Un whisky sólo con mucho hielo.

La mujer detrás de la barra hace un gesto imperceptible de disgusto. Se gira hacia los hombres acodados en el otro extremo y la escucha decir “qué se habrá creído esa”. Los hombres dejan escapar unas risitas y beben un trago de sus cervezas. Tarda más de la cuenta en llevarle su bebida. Lea le sonríe afablemente y le pide que se cobre.

--Puede quedarse con el cambio. Gracias.

La mujer se queda mirando el billete, sorprendida. Piensa que se ha equivocado.

--Está bien así. Créame. ¿Hace falta llave para entrar en los baños?

--No, están abiertos. Pero yo que usted no entraría. Si puede esperar, hágalo.

Lea le sonríe nuevamente y le da las gracias. Quiere que la mujer se vaya. En el mismo instante en el que la camarera se da la vuelta, entra por la puerta un hombre con una mujer joven. Lea se incorpora en su asiento.

La chica se sienta enfrente de ella mientras que el hombre le da la espalda. Puede leer el miedo en sus ojos, tiene una mejilla algo amoratada, el pelo revuelto, y la falda que lleva es demasiado corta. El hombre ha pedido una cerveza para él y una coca-cola para ella. Ni tan siquiera le ha preguntado que es lo que quiere.

No se hablan. El tipo es corpulento, lleva barba de dos o tres días y tiene aspecto de no haberse lavado. Se levanta con un mapa de carreteras en la mano y se dirige hacia la barra para preguntar a los hombres sobre la dirección a seguir.

Sin la espalda del hombre tapándoles, la chica y ella se miran. En la mente de Lea estallan los insultos, las vejaciones, las palizas, las violaciones. Después, una muda súplica.

La familia ha terminado de comer y el padre se ha levantado para pagar. El chico, un veinteañero rubio y afectadamente descuidado pasa por delante de la muchacha para ir al baño. A su altura se queda mirando el pronunciado escote sin disimulo. La sonríe. Y ella, tímidamente, le corresponde.

El hombre lo ve todo desde la otra esquina. Vuelve a su asiento y le susurra unas palabras cargadas de rabia. Ella niega con la cabeza, apenas esboza una protesta, la mirada clavada en la bebida, las manos nerviosas jugando con el mechero.

Cuando el chico regresa del servicio no la dedica una segunda mirada. Se oye un bocinazo, el resto de la familia está ya dentro del coche y el chaval se apresura en salir.

Lea ve como el hombre le da una patada por debajo de la mesa. La chica se encoge en silencio. La camarera también lo ha visto y se mete en la cocina. Los dos hombres les dan la espalda con sus botellas en la mano y comienzan a ver la televisión con repentino interés. El hombre apaga su cigarrillo en la mano de la chica. No se queja, no chilla, sólo llora.

Lea se bebe de un trago el whisky. Se levanta lentamente y se dirige hacia la pareja. A la altura de él se para y coloca una mano sobre su hombro. Acerca la boca a su oreja:

--¿Crees que serías capaz de hacerme eso a mí?

El hombre al principio queda paralizado por la sorpresa, pero al segundo se zafa de su mano y la increpa.

--¡Puta loca!, métete en tus asuntos sino quieres cobrar tú también.

--Inténtalo. Soy toda tuya.

El hombre se levanta bruscamente y suelta su puño contra la cara de Lea. El impacto es brutal. Pero Lea se ha puesto fuera de su alcance. Una milésima de segundo, unos centímetros de espacio: lo suficiente para evitar el golpe. La chica no puede evitar una risa, el hombre no sale de su asombro.

--Uhm, ¿no eres muy rápido, verdad?

El tipo enfurecido se abalanza como una mole sobre ella. Lea levanta la palma de su mano y le frena. Es como si hubiera chocado de bruces contra un muro invisible. Baja la palma de su mano y el tipo cae al suelo. Los dos hombres se levantan y se marchan a toda prisa. Alguien cierra la puerta de la cocina. Lea se agacha y le susurra al hombre:

--Vaya, parece que nos dejan solos. ¿No te parece romántico? Niña, coge las llaves del coche y espera fuera.

La muchacha obedece. La costumbre.

--No tengo mucho tiempo para ti. ¿Últimas palabras?

El tipo saca una navaja en un ademán brusco e intenta clavársela. Pero Lea agarra suavemente su muñeca y la navaja cae sin más al suelo.

--Me he cansado. Hace demasiado calor aquí. Sin embargo, me han dicho que el infierno es frío. ¿Quién lo habría dicho, verdad?

Apoya la mano sobre el pecho del hombre y cierra los ojos. El rostro del hombre comienza a surcarse de pequeñas venas azules, las fosas nasales se dilatan, abre la boca en busca de aire, la lengua se le hincha y las encías le sangran copiosamente. Los ojos se salen de sus órbitas y un líquido amarillo resbala de sus oídos.

--Compensación.

Lea aparta la mano del hombre y se levanta. Ve a la camarera de pie, detrás de la barra mirándola. La mujer aparta la mirada avergonzada. Lea sale en busca de la muchacha.

--¿No va a salir?

--Eso parece. Toma su cartera y vete de aquí.

--¿Le has matado?

--Sólo le he devuelto lo que había estado dando. Lo llaman compensación.